Mis pensamientos, poemas, cuentos... de Isabel Agüera

14 ene 2018

Más que educación



Estos bultos son toda la propiedad de un ser humano: 
ropa, comida,  escalón por casa...


Todas las tardes, a la misma hora, en el mismo sitio, con la misma compañía, una sencilla y entrañable tertulia: cuatro cosas del día, de los hijos, de los nietos... De vez en cuando, mendigos con largas y pintorescas historias. Entre todos, una mujer metida en años, limpia, casi toda ella una mano extendida y un murmullo de ininteligibles palabras, me llama especialmente la atención. Un día la invito a que se tome un café y un dulce. Con atropellado agradecimiento se acerca tímidamente a la barra. Espera con tal humildad que me conmueve profundamente.
Desde mi tertulia, observo cómo apura hasta las migajas caídas sobre su vieja camiseta. Y tras reiteradas gracias, se aleja con otro paso, más alegre, más vivo... Me hago propósito de atenderla cada vez que me la tropiece. Y así sucede dos o tres días consecutivos.  Al cuarto, cuando la veo acercarse, le hago una señal al camarero para que la atienda pero, he aquí que,  ante mi sorpresa, y tras mirarme en la distancia, se esfuma como por arte de magia. Dejo de verla bastantes días. Una mañana, por casualidad, me la encuentro en otro lugar. Le hablo: "No va ahora por allí. ¿Le sucede algo?"  "No señora - contesta confundida y  ruborizada -. No quiero abusar..."
¡Qué detalle! ¡Jamás hubiera imaginado tal nobleza  en una pobre mendiga!  Desde aquella mañana ya otoñal cuando, sin destino ella, con mi nieto, camino del colegio, yo,  me la encontré, no puedo apartarla de mis pensamientos que, en un torbellino de interrogantes, casi que me torturan: ¿Por qué seres humanos Tan  hambrientos que se coman hasta las migajas de una pobre limosna? ¿Por qué mi cómodo sillón relax, mi cálido edredón nórdico, mi casa, mis cuatro caprichos, mi tertulia, mi café diarios, mientras otros seres humanos de acá para allá  deambulan  sin más hogar, sin más propiedades, sin más confort  que una mísera manta debajo de algún puente o en el porche de alguna casa?
... Y, cuando la vista volvió, halló la respuesta viendo... Sí, yo creo que tendríamos que detenernos, no sólo a ver la gente pasar, sino a ver cómo pasa. Y, por supuesto, elegancia, nobleza, finura, detalles todos de los que carecemos porque lo que mola es ¡a la pata la llana! y ¡ a vivir lo mejor posible que son cuatro días!  Volver la vista atrás, debe ser cosa de sabios.
    


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