Mis pensamientos, poemas, cuentos... de Isabel Agüera

13 sept 2017

Juegos de muerte

          DIAIRIO CÓRDOBA / OPINIÓN
           Este verano la ocasión se me pintó calva. Sí, porque he podido de primera mano comprobar cosas que conocía de oídas con respecto a ciertas novedades, hijas de los tiempos, que son prioridad de niños y jóvenes, si bien responsabilidad de los mayores, que las facilitamos, consentimos e incluso justificamos.

Bueno, pues no sé qué va a ser de todos porque, para empezar, desde bien pequeños, los niños están enganchados a la PlayStation de la que solo sabía el nombre y consecuencias como el nerviosismo escolar con ciertos tic incorporados y, por supuesto, el fracaso escolar, pero es que hay algo mucho peor, descubierto al ver despacio estos juegos en la pantalla: de forma poco subliminal, los niños se van familiarizando con el crimen, la muerte, el terror, porque todo son metralletas, artilugios mortales, armas... ¿Por qué matan? –se me ocurrió preguntar a unos niños— ¡Ea, porque son extranjeros –me contestaron—. Sencillamente, sentí horror. 
Otro día, por la tarde, me di un paseo a un pueblo próximo. Tropecé con un festejo organizado por el ayuntamiento con entrada libre para cualquier edad. Entré por curiosidad y nunca hubiera imaginado lo que allí vi y oí: un diyeis que repetía por los altavoces cosas literalmente como estas: «¡Vamos a bailar! En una mano quiero veros una cerveza y en la otra un porro y que viva vuestra puta madre y los cojones de vuestro padre!», etc. 
El recinto abarrotado de jóvenes y niños que fumaban y bebían sin control de nadie. Sí, había un guardia en la puerta pero vigilaba, no sé, el orden tal vez y punto. Yo creía que estaba prohibido el alcohol, el tabaco y mucho más la droga, máxime en menores. ¡Cuánta mentira! ¿Cómo se puede organizar un evento sin controlar lo que sucede allí, al aire libre, incitando al consumo de sustancias tan dañinas y con un vocabulario tan soez? 
Me alejé de allí, triste y bastante desesperanzada porque comprendí cómo entre todos promovemos, asistimos, colaboramos a la creación de una sociedad de muerte en la que el terror no solo será de yihadistas, sino una forma más de supuesta convivencia. Denunciemos, vigilemos y evitaremos, en parte, este huracán detractor de valores que muy pronto, ya, no solo vamos a lamentar sino a pagar las consecuencias.

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