Mis pensamientos, poemas, cuentos... de Isabel Agüera

5 sept 2014

Escalofríos Capítulo VI



(Final del capítulo V: Si, tan solo soy, somos todos, gritos anónimos en un desierto de astros indiferentes… ¿Tan solo era alguien, luz -decía-para aquel extraño personaje?)

Y aquí estoy. Hace frío esta noche de primeros de Noviembre. Los inviernos los duermo metida en un saco, envuelta en paños de lana y con una manta eléctrica a los pies. Demasiada cama, demasiado poco calor, yo. Mi permanencia en este pueblecito, próximo a la capital, clausura de la triste vida que arrastro, se debe, ante todo, a motivos sentimentales: aquí, entre estas cuatro paredes, está todo lo que he amado en los últimos veinticinco años y ¡qué grande el piso! Todo entero para mí que sólo preciso este rincón, este balcón de mi salón, desde el que puedo ver la calle, casi siempre solitaria, húmeda ya en este tiempo, con macilentas farolas callejeras encendidas al atardecer y que, no obstante su palidez, proyectan sombras fantasmagóricas sobre mis paredes. 
¿Qué espero yo aquí? Aquí o en cualquier parte. ¡Horas y más horas haciendo tiempo para nada! Y todos los días a las cinco en punto, la irresistible llamada del chocolate, aunque, las llamadas se suceden a lo largo del día. La hora de mi vaso de tónica, la hora de las infusiones, la hora del paseo, la hora de mirar fotos, la hora de la chirimoya, en este tiempo, ¡claro! ¡Qué montón de horas! ¿La hora de hacer el amor? ¡De eso nada! La tonta manecilla de mi reloj va y se salta esa hora dejándome en blanco un día y otro también, No sé si alegrarme o gritar: ¡Socorro! ¡Socorro!
Y cuenta mucho, ¡como no!, mi amiga María Luisa, casi única amiga, joven y actual farmacéutica. Ella, mujer de los tiempos, es un encanto: me entiende, me aconseja, me acompaña… Aprendo, aprendo mucho de ella a pesar de su juventud y, a pesar de su juventud, divorciada dos veces. La gente dice cosas: que es seca, que es demasiado moderna, que bebe, que fuma, que es lesbiana, que, su voz bronca, sus andares y hasta su perfume, son de hombre. ¡Qué cosas dice la gente! No tengo datos. A pesar de nuestra amistad, conozco poco de su vida. Es reservada y yo la respeto. Me gusta María Luisa, y por mi parte, nada que ver con el lesbianismo, aunque tampoco me asusta ni me preocupa. ¡Cualquiera sabe! Pienso, eso sí, que, más o menos, yo podría haber resultado como ella, si no me hubieran trastocado los acontecimientos.
Pero aquel otro día, el timbre de mi puerta a deshoras volvió a sonar…

1 sept 2014

Escalofríos: Capítulo Y


(Final del capitulo anteeior: Dos o tres personas que pasaban se detuvieron a mirarlo descaradamente, al tiempo que también elevaban la vista hasta mi balcón buscando respuestas a su intriga y curiosidad.)

Cansada, perpleja y con sensación de haber vivido una pesadilla, me dejé caer en el sofá, cerca del teléfono al que instintivamente se me iban los ojos y  las manos en una apremiante necesidad de contarle a alguien lo ocurrido. Por unos minutos la casa volvió a inundarse de humo y mis ojos quedaron casi ciegos en unos  zigzagueantes destellos de colores que me causaron tal pánico que creí llegada mi última hora. No podía pensar, no podía moverme… Algo muy fuerte me bullía en mi interior. Casi de forma inconsciente, saqué del bolso, siempre cerca de mí, un ansiolítico y me la tragué sin más. Apoyé la cabeza sobre un gran cojín y allí, acurrucada, esperando mi final,  me quedé dormida.
Y en  cada una de las tres  fotos que le robé con mi móvil, su rostro era, es diferente. Yo podía estar confundida pero la cámara de mi móvil, no. Las sigo mirando, comparando… La verdad es que la inesperada visita me llevó días de preocupación, dudas y sobresaltos.  
Y sí, aquel hombre volvió, pero yo tenía una vida, más pasada que presente por lo que decidí contarla
Nací  un día de Todos los Santos, cuando, según contaba mi madre, en la iglesia del pueblo, al atardecer, se iniciaba el doblar de campanas que durante veinticuatro horas precedían, en incesante tañer, al día de los Difuntos, un día de comer gachas, de estrenar abrigos, un día  de ennoviarse, asar castañas, visitar cementerios, asistir a la novena de Ánimas, un día, sí, más de muertos que de vivos, pero yo aterricé, ¡qué ricura!, triunfante, en un moisés blandito y perfumado, a pesar de tan tétrica música de fondo y de tan fúnebre escenario. Eso sí, fue culpa del Ogino, ése, que se equivocó y ¡menos mal que fui fémina! porque, dos hermanos varones, que ya andaban por el mundo, y uno más,  hubiéramos sido un montón de machos que más bien gustaban menos a mi madre.
De mi matrimonio nacieron dos hijos: Desire y Ángel, casados ya  y haciendo sus  vidas por esos mundos. Como es ley de vida, dicen. Mi Desi, en Barcelona; mi Ángel, en Palma de Mallorca.
Estoy, pues, demasiado sola y falta, ¡muy falta, de afectos cercanos, sinceros…! Sola, deprimida y con secuelas de vivencias que, con memoria definitiva, se instalaron en mí, dejando, para siempre, marcas imborrables, despiadadas y punzantes. Marcas que ya ni intento borrar. Quedarme sin ellas sería como raparme o quedarme coja, manca… Despellejarme. Algo así, creo yo. Los dramas de mi vida, muchos. Los iré contando, pero, ¿vale la pena? ¿A quién le interesan?  Si tan solo soy, somos todos, gritos anónimos en desierto de astros indiferentes… ¿Tan solo era alguien, luz -decía- para aquel extraño personaje?


29 ago 2014

ESCALOFRÍOS: Capítulo IV


(Final del capítulo anterior: ¿Qué significaba aquella especie de repugnante oruga amarillenta tatuada en su muñeca?)
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No pude ver con más detalles porque advirtiendo mi furtiva mirada, exclamó bajándose suavemente el puño de la camisa: ¡Se me ha pasado el tiempo volando! Es muy tarde. Vendré por aquí otro día. ¿No te importará que seamos amigos? Y no dejes de ponerte tu preciado perfume; aquí, aquí te lo dejo. Por supuesto, gracias –contesté con un intenso deseo de que desapareciera.
Lo acompañé hasta la puerta del ascensor con los ladridos de Eolo al fondo. Me estrechó la mano y sosteniendo la mirada unos instantes exclamó, esbozando una sonrisa: Eres muy niña todavía. De pronto, la imagen de aquel hombre se me volvió a difuminar pero esta vez,  en una especie de niebla que lo ensombrecía y transformaba, a mi me lo parecía, en dos hombres idénticos que me miraban desde unas pupilas húmedas y centelleantes, provocándome somnolencia y de nuevo turbación.
Lo despedí en la puerta y desaparecí por el pasillo casi a trompicones. No sabía qué me pasaba para  sentirme tan aturdida y torpe pero el reencuentro con Eolo fue lo más horrible que me ha sucedido en mi vida.  Estaba allí, sentado en medio de la cocina, pero no era mi perro, mi amigo, mi compañero...,  sino un descomunal perro negro con ojos muy brillantes que me miraban  con un no sé qué diabólico y amenazador. Sus brillantes pupilas eran un terrorífico acecho en el más tremendo silencio. Es más, parecía haberme hipnotizado porque era tal mi pavor que  me quedé paralizada sin poder dar un paso ni pronunciar una palabra. Mi primera intención, correr en busca de ayuda. Con la puerta del piso abierta para correr y  las llaves en las manos, decidí abandonar aquella idea. ¿Cómo explicar tan sorprendente historia? Regresé, como puede al salón. Aquel hombre no estaba pero allí quedaban sus palabras, sus miradas, sus halagos… 
Y allí, encima de la mesita, el bote de perfume. No me atreví a tocarlo. Nunca se me había pasado por la cabeza ni  una  sola  superstición, pero aquel perfume me provocaba pensamientos relacionados con la magia… hechicería. No lo toqué. Casi no lo volví a mirar. Corrí, no obstante al balcón. Deseaba comprobar que se iba  de verdad y que se iba lejos. Y lo vi arrancar un coche gris metalizado, estacionado  en la puerta cerca del atrio. Dos o tres personas que pasaban se detuvieron a mirarlo descaradamente, al tiempo que también elevaban la vista hasta mi balcón buscando respuestas a su intriga y curiosidad.

25 ago 2014

Escalofríos. Capítulo III


(Final del capítulo II: ¡Me mareo, me caigo, no puedo respirar)

¿Qué le sucede? No es nada. Tan sólo que el fuego, desde niña que viví una experiencia en casa de mis tíos, me provoca pánico. Me pareció  que había humo por la casa. Ya estoy mejor.  ¿Podemos tutearnos? –dijo-, porque, aunque no conociéramos nuestras caras, somos como viejos amigos
No me funcionaron los reflejos para contestar. Me sentía algo desconcertada e incluso violenta, al tiempo que  aquel súbito   malestar   persistía  y al tiempo  también que Eolo seguía gruñendo, cosa que me parecía un mal presagio. No obstante contesté, al fin, con aparente naturalidad: Por supuesto. Podemos tutearnos y permíteme que te pregunte algo. Lo que quieras. Puedes preguntar sin miedo que vengo preparado para el examen –contestó en tono jocoso-. ¿Cómo es que Ramón nunca me habló de ti? No me extraña. Hacía unos años que andábamos distantes por un mal entendido que debimos aclarar. Éramos compañeros y amigos de la facultad… Creo que anda por México, ¿no? Pues, no sé nada de él desde hace años. Me habló de tus experiencias paranormales. ¿No has pensado nunca que puedes ser una elegida, una privilegiada?  ¿Privilegiada de qué y por qué?   ¡Ay, ay! –exclamó-- ¡Qué niña eres! Hay ángeles de luz por el mundo, y tú, sin duda eres uno de ellos….
Sin darle mayor valor a tales comentarios, y evitando el destello húmedo de sus pupilas, me limité a sonreír. Estás muy sola  y  ése es, precisamente, el objeto de mi visita. Deseo ayudarte. No te he perdido del todo la pista, pero me decidí a venir por una especie de presentimiento. Quiero invitarte a al algo, a un encuentro que te va a gustar… En aquellos momentos mis relojes daban la musical hora. Instintivamente, se sacó un reloj de bolsillo y comprobó la suya.  Fue entonces, cuando pude ver, oculto con el puño de la camisa, un extraño tatuaje que  desentonaba  con su atuendo, con su edad…