Mis pensamientos, poemas, cuentos... de Isabel Agüera

2 nov 2013

EL SOBRE NEGRO


Queridos amigos y amigas que seguís este blogs, convertido desde hace algún tiempo en testigo de mis andanzas por el mundo. Me restan cientos de “capítulos”, pero os confieso que al recordar y  escribir los nueve que llevo publicados en este blogs, me he ido sintiendo mal, muy mal y cada día peor, ya que era  un retorno muy doloroso a un lejano pasado lleno de sombras del que he ido tratando, durante años, de olvidar. Tengo, no obstante, casi terminada esta especie de biografía novelada, pero me debo a  mejores días para seguir en la “pasarela” de estas páginas. Es por eso que hago una especie de paréntesis, con lo mejor que sepa y pueda  dar.
Hoy con una insólita y misteriosa historia real: 

EL SOBRE NEGRO


NOTAS DE UN HIMNO A LA LIBERTAD

Aquel día, justo a mis pies, cayó muerta la mirla. Apuntaban los verdes por la primavera. Ellos, cazadores furtivos, le dispararon. En el nido, cuatros huevecillos verdes aguardaban calor y tiempo. Unas lágrimas brotaron de mis ojos, y mis manos reverentes, fueron caricia para aquel lúgubre evento que me palpitaba con rabia, ¡maldita sea!, por los puros entresijos del alma.
La sierra una eclosión de vida: jarales, romero, encinas... Y uno, dos, tres... una bandada de palomos surcaban los cielos en arrullos de amores que se entronizaban en el silencio de las horas, en la soledad del lugar.
Atardecía, cuando, tras depositar el diminuto cuerpo de la mirla y su nido bajo el madroñal, regresé a la ciudad. tráfico, gente, campanas...vida. En mi  bolsillo, un par de alas negras, mágico tesoro que  deseaba enarbolar para siempre como glorioso  himno a la libertad. Allí, al rescoldo de mis sueños, junto a mi almohada, un luminoso y lacrado sobre negro, como urna sagrada, atalayaba las alas de madre mirla
 Pasó algún tiempo. Una noche, cuando la luna llena inundaba de macilenta claridad  las paredes de mi dormitorio y,  cuando ya  el sueño había hecho presa en mis ojos, me despertó un extraño aleteo. Por mi ventana, la sombra de un pájaro que fulgurante alzaba sus alas al vuelo. Sí, era la mirla. El sobre negro, por unos instantes, permaneció junto a mi lecho. Después, un soplo de viento lo arrastró en un vaporoso  zigzag  por la ventana.
Todavía me pregunto si fue un sueño pero, cuando la luna llena me mira, a mi corazón retornan las notas de aquel himno a la libertad- 



20 oct 2013

CONFESIONES 9



¡Venga, sonríe! Ya mismo saldrá el sol.

Mal día el de hoy para escribir. Me siento cansada, desganada, casi triste, casi con ganas de llorar, casi llorando… Me duele la piel, me duele el aliento… ¿Por qué? ¡Ahí va! ¡Pues que no lo sé! Cosas muchas y la vida y el cambio de estación que disloca mis biorritmos, esos ciclos biológicos rítmicos que nos afectan –dicen-. Creo, no obstante, que no soy un privilegio de estas manías de nuestra naturaleza. Más o menos como todos: depresiones van y vienen. ¿Y quién no se deprime visto lo visto? ¡Claro lo malo, o tal vez lo bueno, sea ver! Y resulta que yo veo. Bueno, ¿y qué hago? ¡Ánimo, amiga! Sonríe. Una fotito en el Photo Booth y a escribir y  a callar que es lo tuyo! Después hablamos.
                                                       .................................
¿MILAGRO O CASUALIDAD?
La llegada del nuevo párroco y mi traslado a casa de Justa marcaron vivencias que me ponen el vello de punta solo recordarlas.
Empezaré por mi nueva residencia. Justa era humilde, sencilla, cariñosa. Se deshacía por atender a sus cinco hijos, pero pronto me confesó que estaba enferma del vientre –decía ella-. El marido, increíblemente opuesto: dominante, desconfiado, maltratador de sus hijos a los que pegaba por cualquier cosa no solo con la correa sino que lo hacía por el lado de la hebilla para causarle más dolor. Y, efectivamente, le provocaba sangrientas heridas que me hacían temblar de horror. Una noche, sin pensarlo, me interpuse cuando golpeaba a una pequeña de seis años. ¡A la calle, a la puta calle! –me gritó, dándome un empujón que medio me caigo de espaldas-. Soltó, no obstante, a la niña y de un portazo desapareció. La pobre Justa suplicante me repetía: ¡Por favor, señorita, no se vaya. Se lo suplico. Es que tiene mal pronto, pero se le pasa. No se vaya; los niños sin usted…  Aquel hombre, por llamarle algo, la mayoría de los días iba borracho y a media noche por lo que un día, a altas horas de la madrugada, se metió en mi dormitorio y, sin más, se me hecho encima. ¡Justa, Justa! –grité-. Y la pobre mujer, pidiendo  siempre mil perdones y a duras penas, lo arrancó de allí, transportándolo a su cama.
Mi decisión de  buscar otra casa se me impuso como irrevocable, pero aquellos niños y aquella mujer eran para mí como una tremenda responsabilidad que no podía abandonar. Justa no hablaba pero en su mirada, pozo de tristeza y ternura, yo adivinaba cuánto deseaba el que me quedara. Ella, la peor  víctima de aquel mal  hombre y mi presencia era  como un alivio para todos. Jamás le vi un mal gesto, jamás me contó nada, pero en las noches la oía suplicar: ¡No me pegues!   
Y sí me quedé. Justa, enferma del vientre, como ella decía, empeoró hasta el punto de padecer grandes dolores que soportaba en silencio sin cesar en sus obligaciones y de vez en cuando, tendiéndose en la cama, cuando se quedaba sola, ya que a los cinco niños me los llevaba conmigo a la escuela. Al regresar un día, estaba medio muerta en la cama. ¡Justa, justa, qué le sucede!
Sin decir palabra, se levantó la ropa y, ¡qué horror! Tenía el vientre agujereado con   insoportable hedor. Corrí en busca de un médico que nada más verla pidió una ambulancia urgente para trasladarla al hospital de la capital. Sin dudarlo me fui con ella. La hija mayor –doce años- se hizo cargo de sus hermanos,  y el marido, que no sabíamos dónde estaba, puesto que viajaba en negocios, apareció a los cinco días, exclamando sin más. ¡Era de esperar! ¡Cosas de mujeres!
En el hospital, la encontraron tan mal que ni tan siquiera le adjudicaron habitación. Oí como una monjita decía: Dejadla en el pasillo. Es cáncer terminal de los peores Para lo que va a durar… Resignada Justa solo me pidió algo: Vuelva con mis hijos, por favor señorita y cuide de ellos.
Y sí que volví, haciéndome cargo de compras, comidas, de todo… Era horrible mi sufrimiento y mis extremas recomendaciones  a los niños para evitar palizas del padre que, cuando de vez en cuando regresaba, y por la menor cosa, les pegaba sin compasión. No sé cómo fue pero una muletilla, una especie de mantra se instaló en mi cabeza, una oración que hacía a la fundadora de mi querida Institución: ¡Salva a Justa, sálvala, te lo suplico! Cientos de veces al día la repetía. Pasaron aproximadamente unos diez días sin noticia alguna y esperando lo peor. No había tanta facilidad de comunicación como ahora y, por mi parte, no podía abandonar ni  la escuela ni a aquellos pobres niños, tan encomendados a mí por su moribunda madre.
Una tarde noche, la cosaria del pueblo, por no sé qué casualidad, pasó por el hospital y nos trajo la gran notica: La Justa está curada. Dicen los médicos que ha sido un milagro.
No me alargo más, hoy, pero quiero insistir en que  todo lo que cuento es cierto. Milagro o no, Justa volvió a su casa y a sus hijos. También a mí, aunque las cosas volvieron a complicarse: un trágico accidente me obligó a denunciar a aquel hombre que, sin sentimientos, maltrataba a su familia.
Y ya ha salido el sol; me voy al jardín. Sí, los árboles, el otoño, mis pequeños placeres de la vida, me esperan. Adiós, amigos del mundo, que tengáis una semana de sonrisas.

6 jul 2013

Caminito, adiós




Caminito que el tiempo ha borrado,
que  lejos un día me viste pasar,
he venido por última vez,
he venido a decirte adiós
no quiero volver más,
Adiós, caminito, caminito, adiós.

¡Pues no dicen mis nietas, un día, que mis sábanas son de orfanato! Son, les digo como todo un lujo de romanticismo, de cuando tu padre era niño. ¡Jo, abuela, pues sí que tienen años! Y las toallas raspan, abuela. Son de marca y uso el mejor de los suavizantes. ¿También de cuando mi padre se lavaba la cara?
Otro día, mi nieto adolescente viene por unos apuntes. Nada más pisar la entrada exclama: ¡Abuela, aquí huele a iglesia y qué música más depre! Música sacra e incienso, -contesto como si alardeara de no sé qué misticismo original. ¡No me rayes, abuela!–exclama el niño.
Días después, una de mi hijas: Que digo mamá que ¡cuántos rincones de cosas tienes! Son recuerdos, hija; no los voy a tirar –contesto como cargada de razones-. ¿Y para qué te sirven? ¡Anda y despeja cosas!
La verdad es que entre unos y otros me han dejado caos: sábanas de orfanato, toallas que raspan, música depre, rincones… ¡Bueno, bueno! ¡Con la ligereza que han descalificado mis queridas y hasta mimadas cositas!
Me digo: estos niños y jóvenes de hoy no saben valorar sentimientos, pero, al lavarme las manos, las palabras de las niñas, las toallas raspan, se me crecen y, ¡vaya si raspan! Y al acostarme, las sábanas me resultan “suavonas” de verdad, y la música sacra me compunge, y los rincones, me agobian, y lo peor no es eso, sino que miro a mis adentros y los rincones me comen: mi infancia, mi casa, el internado, mi vida religiosa, aquellas capillas de olor a nardos y hasta las montañas nevadas y las banderas al viento están ahí, arrinconadas y esperando mis nostálgicos momentos, que sí, que cada día, por unas cosas o por otras, me refugio en ellos como paraísos inmortales e infalibles.
Pero hoy, entre toallas y sabanas de ayer, he descubierto que son caminitos que anduve un día y de los que hoy, como en el viejo tango, debo despedirme, porque solo me sirven para almacenar nostalgias de pasos sin retorno, entre tanto la vida se me escapa en suspiros. No, no lo puedo consentir; tengo que hacer, y la haré, limpieza total.
Tal vez no sea yo la única cargada de empolvados  rincones. Creo que la sociedad, la política, la religión, todo y todos, precisamos una puesta al día que no es otra que, para empezar, este   siete de julio de dos mil trece, día súper caluroso en Córdoba, día, caminito que debo recorrer creando, amando, soñando pero con los ojos bien abiertos para que no pase la vida por mí, como si solo fuera  la ventanilla de un tren eternamente parado. Es lo que a mí me toca, lo que toca a los demás...

Caminito que entonces estabas
bordado de trébol y juncos en flor
una sombra ya pronto serás,
una sombra lo mismo que yo.
Adiós, caminito, caminito, adiós.



22 jun 2013

Historia de un aborto

(Esta carta, dedicada a mi hija hace años, la encontré  ayer entre centenares de artículos en centenares de carpetas. Para mí sigue siendo actualidad y es por ello que se laofrezco a mis lectores con carió y respeto.)

Me quiero limitar a contar esta increíble canción a la vida que, tú, hija mía
entonaste en tu gran pérdida, en tu inmenso dolor:
¡los hijos sí que valen la pena!

La noticia me la diste, querida hija, explosiva, radiante... Exclamaste: ¡Estoy otra vez embarazada! Ya es seguro. Nacerá en febrero y si es niño le llamaré Javier y si es niña, Isabel, Blanca o… ¡me da igual tener otro varón! Lo que quiero es que nazca bien, sin problemas, sin defectos… ¿Te alegras, mamá? Ya mismo vas a tener otra compañía. Ya mismo tenemos que preparar la ropita, la cuna, el cochecito…
¡Qué torbellino de ilusiones derrochabas en tus palabras! ¡Cuántos sueños hermosos orlaban tu preciosa cara de niña todavía! ¡Qué delirio de futuro enarbolabas feliz y orgullosa! Y yo, ¿cómo no alegrarme? ¿Cómo no abalanzarme a tu cuello y comerte a besos? ¡Mi pequeña de hace nada! Mi niña de grandes ojos marrones, temblorosa, asustada por el vuelo de un palomo que le arrebató una miaja de pan de su manita de casi bebé! ¡Mi dulce y bondadosa hija! ¿Cómo no aplaudir y aprobar tu decisión de ser madre por segunda vez? La noticia fue fiesta para todos lo que te queremos. En torno a ella organizamos reuniones familiares, comidas y salidas extras. Mi chiquitín, con sus dos años recién cumplidos te colocaba la mano en el vientre y a media lengua exclamaba: ¡Nene!, y tú, emocionada, invariablemente, repetías: es un hermanito. Y con los rigores del verano, nos desplazamos al apartamento de la playa. Te bañabas, te divertías contando historias del futuro hermanito a tu pequeño que se dormía al sopor de tan tiernas y cálidas narraciones.
Entre tanto tu cuerpo sutilmente comenzaba a acusar rasgos de maternidad que se acrecentaban por días, así como por instantes crecían ilusiones y esperanzas. Una tarde, jamás lo podré olvidar, te alejaste de la playa: Voy a buscar un teléfono para llamar al médico que quiero hacerle una pregunta. Cuida del niño. Ya mismo vengo.
Anochecía. Mi impaciencia crecía por momentos, y mis ojos fijos en la lejanía de la playa por donde te vi desaparecer, me dolían de esperarte. Algunos veleros surcaban el sonrosado horizonte, y los último, pequeños bañistas, se daban prisa a recoger cubitos y palas. Fue entonces cuando me sorprendiste por detrás. Tu rostro estaba pálido, demudado… ¿Qué te pasa? ¿Por dónde has venido que no te he visto? ¿Qué sucede? ¿Por qué has tardado tanto? Con lágrimas, mal contenida susurraste: Tengo que hacer reposo absoluto. Puede ser que tenga principio de aborto; he vuelto en taxis.
¡Qué quince días más largos, inmóvil en aquella cama, hecha para trasnochar, para ser ocupada solo y justo lo indispensable en descanso joven de noches de verano. Por tu cabeza, yo lo sé, se alternaban fantasmas, miedos y horrores con imágenes bellas de aquel hijo no nacido pero que palpitaba en tus entrañas con nombre propio, con cuna , con besos y abrazos esperando su llegada al mundo, con el ilusionado aplauso de todos. Y sé que en tus largos silencios, simulando sueño, en monólogo interior, le insuflabas ánimos, ganas, coraje de vivir, vencer a las dificultades de su nacimiento, y sé que te conjurabas para no decaer, para no admitir ni un ápice, ni un atisbo de derrota.
Pero la naturaleza dijo no y los esfuerzos, y los empeños de todos, aunados en la búsqueda de soluciones fueron inútiles. Todavía tiemblo al recordar aquellas horas. Mientras tu vida peligraba por una complicación aparecida en el quirófano, yo madre que te engendró, que te trajo al mundo, rota de dolor, medio derrumbada en un pasillo, por primera vez en mi vida, dejé paso a una interrogante: ¿Vale la pena tener hijos, si hay que vivir momentos de tanto sufrimiento?
Cuando al fin pasó todo, cuando ansiosamente pude verte, tú mi niña,  en infinito silencio, llorabas, mientras en un leve balbuceo, apenas perceptible, repetías: ¿Por qué, mamá, por qué? ¡Qué pena de mi hijo!  ¿Podré tener pronto otro?
Y sentí vergüenza de mi egoísta interrogante, porque tú evidenciabas, eras todo un himno a la vida, y eras mi hija, mis más maravillosa creación. ¿Qué habría sido de mí sin ti, sin tus hermanos, si mi familia?
Y no entro en más cuestiones. Me quiero limitar a contar esta increíble canción a la vida que, tú, hija mía entonaste en tu gran pérdida, en tu inmenso dolor: los hijos sí que valen la pena.

16 jun 2013

Sergio era mi alumno


(Un comentarista anónimo me pide que cuente más historias de alumnos/as que un día pasaron por mi vida y dejaron huella. Para él y para todos los que siguen este blog, una historia más y no solo de alumnos/as sino, ¡tantas y tantas historias  de vida que contar!.)

Ahí estaba él, mi querido alumno,
escuchando atentamente la lectura de un cuento, titulado
La estrella que perdió su brillo.
Hoy escribiría otro que titularía:
Sergio, estrella que encontró su brillo y nos eclipso a todos para siempre.


Sí, Sergio era mi alumno. Era pero ya no es: su viaje definitivo lo emprendió con solo quince años. Su vida se desvaneció como blanca espuma de mar, se desvaneció con el viento. La noticia me sobrecogió, y hoy, desde esta humilde columna quiero rendirle homenaje, porque, en ese saco sin fondo donde los maestros en especial y los seres humanos en general archivamos nombres, rostros, palabras, gestos… de todos aquellos alumnos, de todas aquellas gentes que pasaron por nuestras aulas, por nuestra vida, el nombre de Sergio, su recuerdo es como una llama que se aviva y me acompaña en este amanecer de estío ya.
Él no está ya aquí para compartirla, para exhalar el perfume de esta tierra nuestra que si bien nos embriaga con el inigualable aroma de la vida, también nos llora en el alma, cuando nos toca el halo yermo del dolor y de la muerte.
Sergio llegó pequeñito a mi clase y durante cuatro cursos consecutivos permaneció en ella. Era un niño silencioso, en cuyos labios se eternizaba una sonrisa, mezcla de tristeza e ingenua felicidad, pero sobre todo Sergio era, y jamás podré olvidarlo, unos grandes y profundos ojos negros que miraban con ternura infinita. Todavía conservo algunos de sus trabajos, no muy brillantes, pero expresión, una vez más, y hoy me alegro de haberlo reconocido siempre, de su individualidad, de su mayor esfuerzo por lograr una ansiada superación.
Y mis lágrimas, al unísono con este pertinaz goteo de amanecer de lunes de junio, afloran a mis ojos porque Sergio fue de esos pocos alumnos que, agradecidos, sensibles al amor recibido, cariñoso y delicado me estuvo visitando durante mucho tiempo, cuando ya lejos de las aulas iniciaba sus primeros pasos en el mundo laboral en el taller de su padre.
Parece que lo veo irrumpir, sin apear la sonrisa de sus labios, en el ámbito de mis nuevos alumnos. Allí, apenas sin palabras, apenas sin ruido, permanecía junto a mi mesa. Yo creo que era para él  auténtico privilegio de placer estar junto a mí sin más.
Tierno tallo, mi alumno, herido a tan pocos años que cual estrella fugaz sobrevoló por mi vida, dejándome un apacible rastro luminoso que quiero seguir ahora, aquí, en este rincón, frente a mi ordenador, donde las palabras se me tornan siempre vociferantes momentos de sinceridad que van y vienen del pasado al presente, de lo personal a lo  general y que hoy, también como siempre, vienen a ser cálida plegaria al incomprensible Dios que tal vez conozca la explicación de tantas sinrazones.
Sí, mi  querido Sergio:  échame una mano porque me tiemblan los pulsos cuando, en tatnta soledad, miro al cielo y busco tu rastro, una mano a todos los que te amamos, desde el azul infinito donde seguro, quiero creer, nos esperas. Mi querido, mi agradecido y siempre recordado Sergio.

8 jun 2013

Tu paisaje interior: Aniversario

A mi hija Belén

Princesita linda,  ¡cuánto te quiero!

Seis y media de la mañana. En esta terraza de siempre, tras mis mañaneras costumbres, pienso en ti, mi niña,  y en aquella madruagada que por primera vez te encontrabas lejos de mí.
Sí, estabas preciosa con tu vestido de novia. A diestra y siniestra los comentarios eran unánimes: Parece una princesa de cuento, ¡Está linda! etc. Por supuesto, nadie más que tu madre podía verte preciosa, pero aquellas lágrimas que no pude contener eran expresión de algo más profundo que tu innegable encanto, que tus incuestionables dones de medio hechizar con esa tu expresión entre ingenua y picaresca que se eterniza en una dulce sonrisa.
Lo que me emocionaba y de lo que en ésta medio madrugada quiero hablarte, pasados ya años de aquel inolvidable día, es de ésa otra belleza: la de tu paisaje interior, tan ignorado, a veces, por los que te rodean, tan recóndito y hasta desconocido por ti misma, pero del que tu madre, siempre metida en tu piel, puede dar buena cuenta, porque tus auténtica valores, aquellos por los que mereces ser considerada, amada y hasta admirada van mucho más allá de un físico atractivo y seductor.
Tú, mi vida, eres tierna, inteligente, fuerte, decidida, generosa, trabajadora... Eres alegre, afectuosa y, como ya lo has demostrado en alguna ocasión, hasta heroica, si es preciso. Recuerdo el rescoldo de tu cuerpecito de niña, cuando se nos fue papá: Me acuesto contigo, mamá –me dijiste-, para que no duermas sola.   Nunca, jamás sabrás qué significó aquel gesto para mí, como aquel otro de llorar sola dentro del baño para que yo no te viera.
Esas prendas de las que te ha dotado la vida no puedes ignorarlas: son tu mayor tesoro, y no precisamente para frivolizar, ni mercadear con ella, algo que está a la orden del día,  sino para que busques la verdadera belleza en el movimiento del mundo, como la barca, que recoge su gracia del viento y del agua.
Las ostras sienten un dolor pesado en su interior que no es otra cosa que una perla de inigualable belleza, cuyo destino no es otro que volar lejos, volar alto, alcanzar el mejor precio... Cultiva la tuya para que no te suceda lo que al olmo: tiene bellas ramas, pero no da fruto.
Tu gran bien lo encontrarás, antes de que sea tarde, en los valores de tu paisaje interior. No lo olvides, porque la vida se encargará de contártelo en breve. Recuerda, vida mía, que hay un dios dentro de cada hombre y que el tuyo, tiene el color de tu mirada y el sabor de tus generosos gestos.
Sé tú siempre, hija mía, libre, sin más limitaciones que aquellas que puedan herir a otro ser humano, sé auténtica porque nada hay más hermoso que lo verdadero
Mi gaviotilla, mi preciosa avecilla de los mares, vuela siempre por encima de tormentas y olas gigantes y recuerda que  las gaviotas jamás se ahogan en la tempestad. Si un día las olas te salpican y sientes miedo, busca refugio en ese tu endiosado paisaje interior. Allí, sí, allí encontrarás siempre  el valor y la ilusión  para el esfuerzo necesario que precisarás para izar alas y buscar nuevos horizontes. Allí, sí, allí encontrarás siempre a tu madre que te sigue soñando, queriendo  y que esta madrugada te imagina dormida proyectando  aquel insólito rescoldo en el cuerpecito de tus preciosos hijos.
La vida que llega y se pasa.

1 jun 2013

Contestación a Carta de una lesbiana


Para ti, María.
Me gustan las florecillas del campo.
Son frescas, limpias, delicadas...
No obstante les sobra coraje para vivir a la intemperie
y hasta  para soportar  pisotones de
malos caminantes que no las ven, no las conocen, no las disfrutan...


Posdata: si te compromete el escribirme, déjalo. Yo lo entenderé.


Así terminaba la carta de una lesbiana que transcribí hace algunos días.
Ni un momento dudé en contestarle. He demorado, no obstante, la transcripción de dicha carta respuesta por creer que era mejor dejar pasar algunas fechas e intercalar otro tema. No obstante, en su día, fui rápida y sincera. Como algún seguidor de este Blog me ha instado a que no la demore más, allá que va
Querida amiga: Sí, querida aunque no nos conozcamos. A mí, al menos, me resulta fácil sentir afecto, cariño por cualquier ser humano y máxime si con mis palabras, aún en la distancia y anonimato, puedo dar una mano, que me sobra y se me alarga, para llegar a dónde me la pidan o a dónde necesite llegar.
Lo primero que quiero decirte es que tu carta no me compromete en absoluto, si bien sé que su lectura, como sucede siempre en cualquier artículo, pueda ser interpretada, provocando las más variopintas opiniones.
Pero esta noche, cuando el tráfico de mi Avenida ha amainado, cuando los semáforos tan solo son colores para mi vista cansada de mirar y ver tantas cosas, cuando las cuatro gotas que han caído han levantado ese maravilloso olor a tierra que me eleva y hace que me sienta casi etérea, mi verdad total es para ti y poco me importa lo que puedan pensar o creer los demás. Tal vez no sea yo la persona más adecuada, pero, puesto que te has dirigido a mí, te voy a decir sencillamente lo que pienso.
En primer lugar, me hubiera encantado conocer tu verdadero rostro, tu verdadero nombre que tan celosamente guardas para ti. No creas que haya sentido pena de leer tu carta. Yo, que tan fácilmente me emociono, más bien, he sentido rabia al comprobar lo débiles y rotos que podemos resultar los seres humanos.
Quiero recordar algo de lo que me dices de aquel artículo, “Calor humano”, perdido por los años, que tanto te gustó, y sí, me ratifico en todo lo que en él decía. A lo largo de mi vida, y por razones bien distintas, he tenido frente a mí gente con los más variopintos problemas, y he podido experimentar cuánto bien le ha hecho una leve caricia, el roce afectuoso, cálido de otro ser humano.
Como no dispongo del espacio que quisiera, voy a serte directa y sincera, como trato de serlo siempre. Verás, yo creo que la primera obligación, el primer deber que tenemos como personas  es el de aprender a aceptar aquellas limitaciones que nos han venido, irremediablemente, dadas y de las que, si bien a niveles diferentes, nadie se escapa. Es indudable que caminamos hacia una sociedad más libre y respetuosa, pero todavía los prejuicios son como la savia madre de la que nos alimentamos y engordamos más, mucho más de lo que es sano y necesario. 
No debes tener miedo al amor, querida amiga. Más bien, debes buscarlo y entregarte a él en la seguridad de que tu vida, tu felicidad, tu madurez, tu realización como ser humano, dependen sólo de un paso definitivo: la aceptación total de lo que eres. Otra cosa sería –tú lo dices– hipocresía, mentira... Olvídate de la gente que no sea capaz de respetarte. Tú sola naciste, tú sola tendrás que enfrentarte al duro paso del dolor y de la muerte. ¿Qué temes que podamos darte o quitarte los demás...? Vive, vive feliz... La tolerancia también existe, y es algo que todos, como pordioseros en las esquinas, tenemos que pedir para nuestros muchos fallos insalvables.
Como bien sabes, y saben todos mis lectores, no soy lesbiana, pero hasta mi último suspiro en esta vida, quisiera ostentar, con autenticidad, mi “título” de ser humano, y es por ello que si en algún momento tus negros pensamientos te situaran al borde de un precipicio sin retorno, en mí encontrarás el calor humano del más sincero abrazo. No lo dudes y búscame. Verás qué fácil te resulta encontrarme en el camino. ¿No te has dado cuenta de que viajamos en el mismo tren y en el mismo departamento? ¡Anda, saca tu “bocadillo” y compártelo sin miedo, no sea que llegue la hora de apearte en tu estación y tengas que lamentarte de  haber viajado sin conocer ni tan siquiera la voz de tu compañero/a  de tren! No pierdas más tiempo. La vida es larga para lamentarnos y muy corta para vivirla.
Un beso con calor humano. Isabel