Mis pensamientos, poemas, cuentos... de Isabel Agüera

7 oct 2009

En el día de los Mayores

Plazas y Jardines, escenario de soledad



Sí, plazas y jardines es el escenario elegido por los ancianos para rastrear en el silencio de árboles, pájaros, flores, fuentes…una vida silenciada por los años pero que, como cálido rescoldo, avientan con el único soplo que les queda: el recuerdo de lo que fue.

¡Cuánta soledad cerca de nosotros! Rozando nuestros pasos, que caminan siempre en imparables urgencias, están ellos…
Solos en compañía, compartiendo plaza, jardín, poyete, ruidos, silencios, pero… sus ojos buscan en distintas direcciones: pueblo, familia, amigos, historias… Allí donde posan sus opacas miradas, se encuentran naciendo, luchando, sufriendo, gozando, ayer, pero en esta soledad de hoy, llena, no obstante, de misterios, cuando abren el micro del magnetófono, que es su alma, notan cómo ya sólo se van grabando los sonidos largos, ¡muy largos! de las horas.
De sol a sol, mientras la ciudad eclosiona en afanes, ¡qué solo y frío el escenario que protagonizan nuestros ancianos!



PASOS QUE NO VAN A NINGÚN SITIO.
OJOS QUE MIRAN Y NO VEN.
LABIOS SELLADOS DE LOS QUE HUYERON SONRISAS Y PALABRAS.
CORAZONES QUE LATEN AL PESADO RITMO DE LOS DÍAS SIN NOMBRE.
¡RECUERDOS, SÓLO RECUERDOS QUE BUSCAN Y ENCUENTRAN, CHISPAS DE FELICIDAD, EN EL ÍNDICE DEL PASADO, EN LA MEMORIA PERDIDA DE LAS COSAS!

¿DÓNDE VAS ABUELO? DE SOL A SOL, TRANSITAS, PEREGRINAS, BUSCAS… PERO, DESDE QUE DECIDIMOS QUE ERAS MAYOR, ¡MUY MAYOR!, NO DEJAMOS PARA TI MÁS CAMINO QUE LA SOLEDAD, MÁS ESPACIO QUE LA NEGRA PASARELA DEL OLVIDO, DE LA INDIFERENCIA,.




¡QUÉ SOLO Y FRÍO EL ESNENARIO QUE PROTAGONIZAN NUESTROS ANCIANOS!

PERO…

NO SON NI EL TIEMPO, NI LA EDAD LOS CULPABLES DE LA SOLEDAD DE LOS MAYORES. NO, LO SOMOS TODOS, CUANDO…
LES HACEMOS CAER EN LA CUENTA DE SUS TORPENZAS.
CUANDO TAN SÓLO SON NÚMERO EN NUESTRAS CASAS.
CUANDO, ABANDONADOS EN PLAZAS Y JARDINES, NO LES DEJAMOS MÁS HORA QUE LA DE COMER Y DOMIR
CUANDO PERMITIMOS QUE SU VOZ SE TORNE SILENCIO PORQUE NO HAY ECO QUE LES RESPONDA.
CUANDO DEJAMOS QUE LES SOBREN BRAZOS PORQUE DE NADA NOS SIRVEN.
CUANDO, EN DEFINITIVA, MÁS QUE ELLOS, PENSAMOS QUÉ HACEN YA AQUÍ

NO OBSTANTE…

UN ANCIANO DEBERÍA SER UN LUJO PARA LA FAMILIA PORQUE NADA HAY MÁS CÁLIDO, TIERNO, ENTRAÑABLE, MÁS SABIO QUE UN ABUELO.
Y PORQUE TAMBIÉN EN SUS LABIOS DE PASTOSAS SALIVAS SE ESCONDE EXPERIENCIA, SABIDURÍA, ACERTADOS CONSEJOS QUE NADIE PIDE QUE NADIE PRECISA… QUE TODOS PERDEMOS.
Y POR QUÉ TAMBIÉN SON BELLOS LOS OCASOS, SI HAY OJOS QUE LO DESCUBRAN EN LOS MÁGICOS ALETEOS DE ÁNGELUS CREPUSCULARES..
Y PORQUE EN LO MÁS RECÓNDITO DE SUS ALMAS VIVE, ENTRE DOLORES SIN QUEJIDOS, ENTRE REPROCHES SIN RESPUESTA, ENTRE EL QUEBRANTO DE UN CUERPO QUE YA NO LES SIRVE, EL NIÑO, EL JOVEN QUE FUE Y QUISIERA SEGUIR SIENDO.


¿Por qué tanta soledad para el abuelo?
¿Por qué molestar a sus hijos?
¿Acaso era mejor morir que vivir como de prestado?
¿Por qué echaría tanto de menos a la “principal”?
¿Sería ella, su única razón de vida?
¿Qué significarían sus hijos?




¡CUÁNTA SOLEDAD CERCA DE NOSOTROS!

Al cruzar la zona ajardinada de un bloque me encontré con Jacobo, un día a de otoño del pasado año. Sentado en un poyete, con la barbilla apoyada en una prosaica marrilla, con la mirada turbia, con labios pastosos, con manos temblorosas, con voz lejana me susurró:
-¿Me puede decir la hora?
Las seis –le contesté, sentándome a su lado- ¿Espera a alguien?
Como si en su mirada no hubiera más caminos que constatar las manecillas de mi reloj, tras unos segundos, sumergido en un reflexivo silencio, exclamó:
-Ni espero ni me esperan. Ya lo tengo todo hecho y lo único que hago es estorbar. ¿Me entiendes niña? Aquí vengo y espero a mi nieto que anda por ahí jugando. Así me quito un rato de en medio, pero, ¿yo qué hago ya aquí?

Aquella interrogante, como un dardo, me laceró el alma. Me hice el propósito de pasar por allí cada tarde y acompañar un rato a Jacobo. Sus palabras se repetían inexorablemente: ¿Y yo que hago aquí ya, niña? Tuve que irme con la principal. Ella era una santa... Por las noches tengo dolores pero… ¡Mejor sería que Dios me recogiese!
Me alejaba triste. Me llevaba, sin respuesta, las palabras de Jacobo.
La víspera de Navidad me despedí de él:
-Hasta que pasen estos días, Jacobo –le dije- Que sea feliz con su familia. Se me quedó mirando con una serena mueca que venía a ser sonrisa en aquellos labios en los que ya no quedaban palabras.
Pasada las fiestas y al regresar al jardín, con bastante frío, me detuve en el poyete de Jacobo: deseaba, más que nada, el reencuentro con mi amigo de tantas soledades.
Miré, busqué... Por entre la espesura de los arbustos, apareció un pequeño que, con la cartera a rastras, nada más verme, voceó:
-¡El abuelo se ha muerto! ¡Se lo llevaron al cementerio!
¡Cuánta soledad en su mirada! ¡Cuánta tristeza en sus palabras! ¡El abuelo se ha muerto! ¡Abuelo, de ojos grises, de labios amoratados, de manos sarmentosas, abuelo de mis caminos, siempre en mi corazón tendrás el rescoldo de mis buenos recuerdos!
Te fuiste sin decir adiós, sin hacer el menor ruido. Quiero volver a verte, abuelo, quiero conocer a esa mujer que te hizo feliz.



PASOS QUE NO VAN A NINGÚN SITIO.
OJOS QUE MIRAN Y NO VEN.
LABIOS SELLADOS DE LOS QUE HUYERON SONRISAS Y PALABRAS.
CORAZONES QUE LATEN AL PESADO RITMO DE LOS DÍAS SIN NOMBRE.

¡RECUERDOS, SÓLO RECUERDOS QUE BUSCAN Y ENCUENTRAN EN EL ÍNDICE DEL PASADO, EN LA MEMORIA PERDIDA DE LAS
COSAS!



EL SEÑOR DEL JARDÍN
Sí, con sus pies torpes, sus muchas enfermedades, sus noventa años, él era, porque yo así lo veía, el Señor del Jardín.
Bien vestido, aristócrata de gestos, más que de palabras, borradas por un evidente parkinson, colgado de una descomunal pipa, a todas horas y por cualquier camino o atajo del jardín, en todas las estaciones, por entre arbustos, paso de trenes, juegos de niños, corrillos de ancianos, o éxtasis en parejas de enamorados, aparecía aquel hombre de muchas y viejas historias.
Recuerdo sus torpes reverencias al saludarme, y recuerdo sus ojos pequeñitos, clavados en los míos, mientras, entre temblores, trataba de contarme su pasado. Un pasado honorable, del que no obstante se hacía patente una queja: Nueve hijos y, ¡cuánta soledad!
También, un día, el Señor del Jardín, se me fue para siempre. En memoria de él escribí su nombre en una gran palmera, su árbol favorito. La llamé Palmera de los besos porque cada día, cuando paso junto a ella, deposito un beso que mando al Señor del jardín para que allá donde esté sepa que su recuerdo seguirá vivo en este su reinado de soledad.


Y CUANDO EL SOL SE PONE, CUANDO EL CREPÚSCULO ANUNCIA EL PUNTO FINAL, DEL DÍA, NUESTROS ANCIANOS CAMINAN DE NUEVO… ¿HACIA DÓNDE? LA RESPUESTA ESTÁ EN NOSOTROS.



Envejecer no es jubilarse de la vida. No obstante, somos nosotros los que jubilamos a los mayores cuando le reprochamos que no ven bien, que no oyen bien, que olvidan cosas, que se les va la memoria, etc.
Aún así, con las "inevitables goteras" de los años, un mayor es una pieza de lujo para nuestros hogares porque su sabiduría y calidez son ingredientes que no sobran, precisamente, en nuestra sociedad.



No consintamos jamás que un mayor se sienta inútil a nuestro lado. Démosle oportunidad de colaborar, de enseñar, de echar la mano que pueda a las cosas que pueda porque de ello dependerá su supervivencia.


Tiende una mano al mayor para que, sin miedo, se incorpore a los cambios elementales que todos experimentamos. Otra cosa equivaldría a dejarlos arrinconados sin remedio.

No hay mejor espejo para nuestras vanidades que contemplar el rostro de un mayor, cuando se siente de vuelta de todo.


Todos nos vamos haciendo mayores día a día y creo que sería necesario tener en cuenta la gran riqueza que pueden aportarnos las personas mayores y todo lo que pueden enriquecer nuestro crecimiento.


¿POR QUÉ SE MUEREN LOS VIEJOS?

Una de mis hijas, cuando sólo tenía seis años, me pregun­taba: "Mamá, ¿por qué se mue­ren los viejos?" Exactamente no recuerdo qué explicación le daría. Posiblemente la que todos tenemos en mente, cuando comprobamos la edad de algún difunto en las esquelas mortuorias: "¡Los años, los años que no perdonan!"
E, interiormente, en un querer ver y no ver, hacemos un ligerí­simo arqueo comparativo, al tiempo que nos reconfortamos con el resultado: "¡Ochenta, noventa..! ¡Nos que­dan años todavía!"
También para el difunto joven tenemos nuestras razones: "¡Habría que ver qué vida lle­vaba, qué excesos, qué descuidos de salud, etc.!"
Así, más o menos, andamos to­dos: convencidos de que los viejos se mueren de viejos, y los jóvenes por irresponsables errores de los que habría que tomar buena nota, cuando todavía estamos a tiempo: vida sana, mucho andar, poco comer y paz, paz del espíritu y calma ante los acontecimientos.
No obstante, mi obsesión por los mayores, hace tiempo que me llevó a otras bien diferentes con­clusiones:

.. la mayoría de los viejos se mueren porque nada hay en la vida que les interese, nada que los motive, nada que les sirva de excusa para seguir viviendo, nada de ilusión, nada por ha­cer.

La última vez que visité una re­sidencia, hace unos días, me rea­firmé en estas tristes realida­des, y no quiero que haya malos en­tendidos acerca del trato allí re­cibido.
No, no es eso, al menos en la mayoría de las residencias que conozco.
El problema es tan transcen­dente como simple, porque residir es sinónimo de habitar pero no de vivir en el sentido de utilidad, provecho, luchas y alegrías que conlleva el proyecto vida al que nadie quiere renunciar por mu­chos años que cumpla.

Cada vida - Ward Howe - ha de tener sus espacios huecos, que el ideal ha de rellenar.

Sucede que, tal y cómo social­mente nos hemos organizado, a los mayores les hemos secado esos espacios, y lo hemos hecho, y lo hacemos, con una despia­dada forma de entender sus limitacio­nes y deterioro de ca­pacidades: "Estás sordo; no te enteras; estás ciego, ¿no ves?: date más prisa; tropiezas en todo; no te muevas, que te vas a caer: ¿qué dices? Habla claro..."

Y al mayor se le van apagando los pequeños destellos de ilusión que puedan quedarle, máxime cuando la ternura, la atención, el sabio proceder de cuántos le ro­dean brille por su ausencia.
¡Qué duro debe ser el final para quienes se sientan abandono y soledad!
Padres, madres que lo dieron todo, que de su vida hicieron una dedicación plena y absoluta, sa­crificando mucho más de lo que les pertenecía por el bien de sus hijos, hoy, ¡qué pena!, sólo pien­san, sólo viven para la hora de esa visita, que muchas veces ni llega, de los hijos, de los nietos, de los familiares y amigos.
De todo esto mueren los viejos, aunque yo no pudiera explicárselo así a mi pequeña Belén que tanta pena sentía, y siente, por ellos.
¡Ojalá nunca lo descubra por experiencia!, pero sí por conoci­miento de la realidad que somos los seres humanos, que arrinco­namos a nuestros mayores, cuando deberían ser decoración para nuestras casas y sabiduría para nuestras complicadas vidas.

En su mirada subyace, desve­lado, el profundo misterio de las cosas.

No, los viejos no son deshecho, ni son tontos, ni son niños, ni están muertos.
Busquémosle con amor un sentido que siga alentando el rescoldo de la grandes fogatas que fueron sus vidas.






































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































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