Mis pensamientos, poemas, cuentos... de Isabel Agüera

10 dic 2013

De mi Diario



 Tan solo fue una nubecilla que se cruzó en mi camino


No quiero molestar contando esta noche mi estado de ánimo, pero he decidido hacerlo porque, cuando alguien me confiesa que no saber qué hacer de lo mal que se siente, yo le recomiendo que lo peor de todo es sumirse en la   inercia total y  dejar que los sentimientos tristes, pesimistas y nostálgicos nos lleven directamente a la depresión.
Son las doce de la madrugada. Leo unos poemas de Pablo Neruda. De vez en cuando, oigo petardos por mi Avenida. En mi salón, un sencillo Belén con muchas lucecitas de colores, libros y más libros, estanterías en las que ya no cabe ni una hoja de papel, mi cuadro del Corazón de Jesús que siempre me mira.
Repentinamente me siento un malestar que me crece por momentos y que es una especie de dentera que se me extiende por la piel, provocándome un extraño e insoportable dolor. Bebo unos sorbos de agua y noto un intenso sabor a lejía, sabor como a jabón verde que me seca la boca. Cierro los ojos y trato de relajarme, pero no sé qué sucede que siento como una bola gigante, muy gigante, rueda hacia mí, tapando edificios, oscureciendo a su paso toda luz y una tremenda ansiedad me inunda: me la tengo que tragar sin remedio.
 Siento un pánico que me inmoviliza y en mis adentros se crecen y repiten las mismas palabras: ¡no puedo, no puedo! ¡Quiero morirme y quitarme de esta angustia y sufrimiento! ¿Morirme? Si, cerrar los ojos  y dormir eternamente, pero, ¿y si me entierran viva?  Tengo miedo a convertirme en polvo, en nada, miedo a sentir la humedad, la oscuridad, la soledad… No sé qué hacer. Estoy convencida de que me estoy muriendo. ¿Llamo a mis hijos? ¿Y qué les voy a decir que me sucede? ¿Qué me tengo que tragar, para descansar, una bola tan grande como el mundo? ¿Qué me estoy muriendo? No, no los llamo. No quiero que sufran. Me voy a la cama y que sea lo que Dios quiera. Y le digo adiós a las paredes de mi casa, testigos de tanta vida, y le digo adiós a mi Avenida, testigo de mis noches de insomnio y de mis gloriosos amaneceres, y, como puedo, salgo a la terraza y le digo adiós a mis lindas plantas, y dejo besos en el aire para mis hijos, nietos, amigos… Me entrego al sueño, rendida, agotada, mareada…
Y hoy copio de mi iPad dónde escribí anoche. Me despertó puntualmente mi despertador a las cinco de la madrugada. ¡Seguía viva! La bola gigante había desaparecido. Di gracias a Dios, a mi despertador y a mí misma por haber sido capaz de escribir anoche, en medio de una experiencia de muerte torturante que no deseo a nadie. Y esta madrugada el cielo estaba radiante de luz. Todo fue una nubecilla que se cruzó por mi mente.
Y esta historia es real y tiene una explicación porque no es la primera vez que me sucede. Contaré otro día  a qué conclusión hemos llegado psicólogos  y yo mismas sobre el significado de la bola gigante que me tengo que tragar.
Pero hago pública esta experiencia por si alguien sufre algo parecido que, al menos, coja un papel y garabatee. Jamás deje  que la "bola" que sufre se apodere de él o de ella. Sí se puede.







3 dic 2013

Confesiones Diez. Extraño suceso


Queridos amigos/as que seguís este Blog: tranquilamente y tratando hasta el máximo de distanciarme de los hechos, vuelvo con nuevos capítulos de mis Confesiones, y lo hago más que nada por los muchos email recibidos pidiéndome que continuara. El capítulo nueve sigue en el Blog por lo que es posible retomar esta lectura. 
Repito que todo es real, experiencias de mi paso por la vida y sus rutinas, bastantes complejas por cierto.

Y el sol, en bello crepúsculo, sigue, 
y yo feliz lo fotografío para mí y para mis lectores. 

Mi estancia en casa de Justa se me hacía cada día más compleja. Los días que el marido rondaba por allí, prácticamente, vivía en el aula. Me llevaba algo de comida y allí permanecía hasta la noche y siempre rodeada de niñas  y atendiendo peticiones de los mayores.
Una tarde, dos mujeres me comentaron algo que me dejó perpleja: La María, la hija de Ana, la que murió hace poco… Sí, -dije- es una alumna que ahora no viene a la escuela, ¿qué le sucede? Pues que dicen que se  le aparece una mujer con el cuerpo de humo. ¡Aquello es una feria, señorita!  Viene gente hasta de los alrededores. Dicen que es la Virgen y que, como la pobre niña vive sola… ¡Qué disparate! –exclamé-. Es la primera noticia que tengo. Pues, si quiere vaya por la tarde sobre las ocho; es la hora.  
La historia de aquella insólita aparición y, sobre todo, el saber que se trataba de una alumna, de una niña, me llevó rápidamente a una decisión: aquella misma tarde iría a verla. Y, puntualmente, acudí.  Efectivamente, aquello era una auténtica  verbena. Allí, rodeando la casa de María un ejercito de piedades: gente con mecedoras que cantaban y rezaban rutinarias Avemarías, carrillos de inválidos, pancartas en las que se leía: Sálvanos, Virgen María, algún que otro puesto de estampas y escapularios, fotógrafos y hasta algún periodista.
No podía comprender cómo todo aquello llevaba tiempo  sucediendo a dos pasos de mi escuela y yo sin saberlo.  Por lo general, las alumnas  comentaban todo lo que sucedía en el barrio pero sobre aquello, ni palabra
Aquella tarde, mi presencia,  entre el maremagno de fervores y morbo, fue evento más que sumar a las muchas y grandes expectativas allí concentradas, pero mi intención irrevocable y tal vez osada, dictaba mucho de ser la guinda de aquel  espectacular montaje: quería ver a la niña, hablar con ella, ayudarle...
No  fue difícil mi cometido. En unos instantes, el padre y yo nos apresuramos en saludos. Era el herrero del pueblo, un hombre obeso, de cuello corto, de pelo cano, de pequeñísimos ojos azules que medio se perdían entre la bisera de una mustia gorra. ¡Pase, pase, señora!  -exclamó en una medio reverencia, al tiempo que se limpiaba el sudor del cuello. Perdone –me excusé- que me haya presentado así, pero... No hay nada que perdonar –me interrumpió-. Me siento muy honrado con su presencia.  ¡Pase, pase!
Sentada sobre  una cama de hierro con perinolas doradas estaba la pequeña de no más de doce años. Con la cabeza entre las manos parecía sumida en una total ausencia.  Me acerqué a ella y le acaricié el manto sedoso que resultaba ser su larga cabellera rubia. Se incorporó y pude ver  la palidez de su rostro, y unos grandes ojos que, como si  pidieran clemencia, quisieron sonreírme. Me senté a su lado y le cogí una mano. Estaba fría, helada... Ya va a ser la hora -dijo el padre, consultando un reloj de bolsillo- No tengas miedo. Acércate al espejo ya. Yo me encargo de comunicar lo que te vaya diciendo la señora.
Como si fuera un robot, la niña se levantó y caminó unos pasos hasta colocarse delante del espejo de un gran armario ropero. Temblaba, le rechinaban los dientes y unas gotitas de sudor comenzaron a brotar de su frente.  Ya viene -susurró-,  ya la oigo, ya está aquí…  Dice que tengo que ir con ella. ¿A dónde? –le dije tratando de conocer que era todo aquello- Pregúntale que  adónde quiere llevarte.
Sin respuesta alguna, la niña comenzó a caminar, cogida de mi mano, hacia la puerta de la calle donde el silencio de la gente era sepulcral.
 En total mutismo, y expectación, seguidas de aquel tropel de gente, llegamos al río, bastante próximo a la casa. La pequeña, como sumida en un profundo sueño, ni tan siquiera parpadeaba. Caminó, y yo con ella,  hasta llegar a la orilla y, una vez allí, siguió avanzando dentro del agua que, en un instante, nos cubrió hasta la cintura, al tiempo que una exclamación unánime rompió el silencio: ¡La Virgen, la Virgen se la quiere llevar!
Sin esperar más y abrazándome a ella la zarandeé,  repitiendo su nombre: ¡María, María, mírame! Estoy contigo; soy tu maestra…
Como si regresara de una profunda pesadilla, la pequeña  rompiendo a llorar, sin cesar repetía: ¡Quiero irme con mi madre! ¡Quiero estar con mi madre! ¡Mamáaa, mamáaa..! La gente repetía: ¡Pobre niña! No era la Virgen; estaba poseída por el espíritu de su madre.
La acompañaba a su casa, entre la gente que se dispersaba defraudada, cuando en medio de aquella medio multitud, descubrí al hombre de negro que me miraba y sonreía. Me apresuré, sin soltar a la niña. Hasta llegar a su casa. Era yo, entonces, la que temblaba, temía, la que no podía entender nada. Permanecí allí hasta bien entrada la noche. Un vecino se ofreció a acompañarme a casa de Justa. En aquel descampado no había un alma. Alguna que otras luces de casas encendidas. Una gran duda me asaltó: ¿había visto allí de verdad el hombre de negro o también yo había sufrido una alucinación?

1 dic 2013

Wikeando con mi ángel 2 / Hablemos del amor



¡Y mi Ángel se me fue en una marea de tráfico!


Toda una vida  me estaría contigo...
¡Isa, Isa....! ¡Que no me oye! ¡Isaaa! ¡Isabelina! ¿Estás teniente o estás emocionada con tus canturreos?
¿A qué vienen esas voces? ¿Eres tú, querido angelito?
(Y dale con lo de angelito) ¡Niña, que tenemos ya muchos años para que sigas con lo de angelito! Llámame, más bien, Rajoy, Rubalcaba, Indignado… 
(UF, no me gusta un pelo. Esto va a traer cola.) Bueno, ¿qué quieres de mí? ¿No ves que trabajo?
¿Trabajas y cantas una sentimomentaloide balada, que son tus cursilerías de siempre?  Y no te hagas la tonta que ya sabes lo que  quiero decir.
Sí, sé lo que quieres: provocarme para que hablemos de política, pero quedamos   que lo primero sería hablar del amor. Ando un poco descolocada con las cosas que se dicen y se viven en estos tiempos...
(¡Menos mal que consulté Internet y  “copieteé” algo!) ¡Ah, eso!  Soy todo oídos. 
A ver qué te parece esta frase: Un día dejé caer una lágrima en el océano. El día que la encuentre será el día que deje de quererte. Es así como yo pienso que debe ser el amor. ¿Cómo lo ves?
(¡Cómo se le ha ido la pinza!) ¿Qué quieres que te diga? ¡Me  estas rayando, chica! Ya te creía más madurita en estos temas. He soñado que soñaba / por qué no sueño contigo / Y es que te sueño tanto de día / que de noche estoy rendido. ¿Te gusta, pequeña, mi poesía? ¡jJajaja! Me parto de la risa… ¡Un momento, perdona: me ha entrado un wasap! 
(Custodio, ¿se puede saber qué cachondeíto te traes con tema de tal importancia? Perdona, Jefe, pero mi protegida anda un poco anticuada. Tu protegida habla como fiel católica, y tú, como sigas por ese camino vas a la calle. ¡Fidelidad, fidelidad ciega!    ¿Me entiendes? ¡Si, Jefe: a la  orden!)
(¿El jefe ha dicho cachondeíto? ¡Ay, Francisco que poco vas a durar en el cargo) Perdona, Isabelita, pero con la crisis se han reducido los Custodios y andamos de cabeza…
¿Eso quiere decir que te vas?
No, mujer; hablemos un rato de tus románticos amores, porque son amores puros, purísimos  (¡Ay, qué capón me ha dado el Jefe) 
 No puedo vivir ni un momento sin enamorarme o sin saber que puedo enamorar. Sería muy triste sentir que ya no eres plato de gusto para nadie y que vas por la vida sin importarte el amor.
¡Estás subidita esta madrugada, eh! Pero, ¿de qué amor me hablas?
Del que estás pensando: Me gusta creer que puedo  enamorar a un hombre tierno, sensible, culto, educado, guapillo, altillo… ¡Ah! Y más bien jovencillo... 
(¡Tonta que es la muchacha! Eso también lo quiero yo. ¿Me habrá oído el Jefe?) ¡Anda caramba! ¡Apuntas muy alto, chica! ¿Y qué? ¿Tienes algún romance oculto? Recuerda lo que te pasó con aquel guapillo, altillo, morenillo…
¡No me lo recuerdes! Todavía no sé qué le pasó.
¡Ay, chiquita! ¡Qué inocente eres! Le pasó que, después de un año de teléfono, email, chat, dedicatorias y etecé, buscaba otra cosita. ¿Me entiendes?
Pues lo he pensado, pero, ¿cama a la primera? ¡No, ni  hablar!
¿Qué te lo impedía, cariñito? Tú libre, él libre…  Y guapillo, morenillo, y jovencillo… Miel sobre hojuelas. Te lo perdiste, Isa, te lo perdiste…
¡Ah,no! No me perdí nada; tengo principios, ¿sabes?
¡Jajajaja! ¡Cómo me carcajeo con tus principios!
(¡Custodio! Declina a malo et fat bonumm ¿Me entiendes, verdad o estás olvidando nuestra lengua oficial?   A medias, Jefe; no practico mucho el latín. Aléjate del mal y haz el bien. Es lo que hago.  ¿Y a qué viene esa preguntita tan impropia de un Ángel a una mujer decente? Además, el acto “creativo” entre hombre y mujer es tan sublime y tiene un objetivo tan específico que esa forma de frivolizar que te gastas no me gusta un pelo. (¡Qué desfasado está el Jefe! ¡Menos mal que está ahí Francisco!)  ¡Lo tendré en cuenta. ¡Tranquilo!, pero Isa es una mujer libre y nada me parece tan condenable…  ¡No sigas por ahí! Libre o no se debe respeto a sí misma, y tú, ¡al paro diez días!  ¡Y nada de pancartas!)
Me tengo que ir, chiquita. ¡Hay trabajito con los desahucios! (Para qué si le digo la verdad!)
¡Pero si no hemos terminado!  ¿A dónde vas?
 Me han nombrado “pancartero” de los indignados…
(¿Será de verdad mi ángel o será…? No sé; andaré con cuidado)
Ama, chiquita, ama cómo puedas, ama a quién puedas, pero ama. Fin de la cita.





¡